Advierto de antemano, para no cansar a quien no le interese, que voy a hablar de caza. Y no sólo porque yo mismo comencé “a cazar” (al menos sintiéndolo en lo más profundo de mi ser), acompañando a mi padre cuando tendría siete u ocho años. Misma edad a la que una de mis hijas, Diana –que para algo así se llamaba la diosa de la caza– comenzó a acompañarme a mí. 

Pero ya digo que no serán sólo por ello estas líneas, sino también, o sobre todo, porque esa “Caza”, con mayúsculas, ha estado ligada a mi profesión –y saben que en mi caso es también pasión– por más de cuarenta años, formando parte de la esencia de las revistas que me han acercado a ustedes (como en este mismo número se confirma desde la portada a más de un artículo), y donde los rifles, escopetas, los cuchillos, las ópticas, las balas y tantas cosas que hemos tratado para ustedes fueron expresamente creadas para la caza.

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Y nuestro país es un territorio donde esa actividad ancestral, tan antigua como la propia presencia del hombre sobre este planeta –por mucho que les pueda molestar a algunos–, ha formado parte de nuestra forma de ser y de vivir a lo largo de incontables generaciones. Y seguro que habrá habido gente, como en todos los órdenes de la vida, que habrá hecho las cosas mal. Aunque se puede demostrar que ya desde hace años son precisamente los cazadores los que ponen mucho de su parte para proteger, ordenar, conservar y hasta favorecer a las especies que conforman la fauna venatoria. 

La caza es además una industria que genera miles de millones de euros al año, que ayuda de manera importante a muchos españoles del medio rural, que bastante tienen con la que está cayendo. Pero además es un DERECHO para el casi millón de contribuyentes (que lo son sin la menor duda), que pagan obligatoriamente licencias, tasas, exámenes facultativos, seguros... y todas las cosas que se le puedan ocurrir al legislador para “apretarnos”, verbo éste que se está haciendo popular en la España que nos ha tocado vivir de un tiempo a esta parte. 

Pero no es lo malo, ni mucho menos, que tengamos que pagar impuestos y satisfacer el pago de  autorizaciones de lo más diverso. Lo malo es la demonización que se está aplicando a este colectivo, la inmensa mayoría de las veces por grupos que se llaman animalistas”, pero que en realidad no tienen la menor idea de lo que están defendiendo, supuestamente. Eso sí, montar follón, insultar, amenazar y propalar lo que parece descubren cada día de los asesinos e impresentables cazadores se ha convertido en moda o hasta en corriente social. 

Las redes sociales además les prestan un servicio impagable. Por una parte el esconderse tras los anónimos brinda una valentía tan vergonzosa como inabordable, y son muchos los salvajes de la palabra, tantos insultadores que deben ser ya profesionales. Se pueden escribir, decenas, cientos, miles te tuits –y hasta con distintos nombres– haciendo parecer la enorme fuerza que alienta esas corrientes. Sin embargo, cuando estas asociaciones de “demócratas” salen a la calle en manifestación, los medios de comunicación que comulgan con sus planteamientos (tantas veces desmontables con dos frases), se encargan de falsear datos y hasta imágenes –que es muy sencillo situar la cámara baja para tomar una perspectiva que no puede mostrar la realidad de los presentes–, cuando se ha confirmado que la media de manifestantes se situó en 20 personas por convocatoria. ¡Todo un éxito! 

Para colmo, hasta Facebook demuestra de nuevo cómo piensan sus directivos, censurando por ejemplo un reportaje que mostraba verdades sobre los cazadores. Y es que ya no sabe uno dónde mirar.

Como dije al principio, ya son demasiadas veces que me obligan a situarme “entre la Pena y la Vergüenza”. ¡A ver si aprendemos a defendernos!

Luis Pérez de León 

Director